domingo, 23 de agosto de 2015

Le nozze di Figaro en Salzburgo (funciones del 15 y 18 de agosto de 2015)


La Condesa está triste, ¿qué tendrá la Condesa?


El festival de Salzburgo terminó la presentación de un nuevo ciclo de las tres obras maestras en las que colaboraron Wolfgang Amadeus Mozart y Lorenzo Da Ponte entre 2013 (Così fan tutte), 2014 (Don Giovanni) y 2015 (Le nozze di Figaro), dirigidas escénicamente por Sven – Eric Bechtolf; contra lo usual, el equipo de diseñadores de escenografía –Alex Eales–, vestuario –Mark Bouman–, e iluminación –Friedrich Rom–, fue distinto en la última de las óperas.

 

El primer acto se desarrolla en un escenario dividido en dos niveles, en el inferior se encuentra la habitación de Figaro y Susanna, flanqueada por las áreas de la higiene de los señores. En el nivel superior se ve la habitación de Susanna al extremo a la derecha y un gran corredor que comunica las habitaciones de los señores y que muestra una escalera que lleva, claramente, al nivel de la habitación del valet del Conde, en este caso el chofer, y de la doncella de la Condesa. Dos de los conceptos personales del director son la ausencia de Cherubino durante “Non più andrai farfallone amoroso”, pues Almaviva lo saca de inmediato de la estancia de los sirvientes, y la presentación de un Basilio pedófilo, a quien la sola presencia de Cherubino hace tener reacciones orgásmicas. Eso, además de presentar cierto voyerismo al tratar de ver por la cerradura de la puerta, el cambio de atuendo de Susanna cuando la Condesa la llama.  

 
© Salzburger Festspiele / Ruth Walz
 
 
La acción se desarrolla más de tres años después del final de Il barbiere di Siviglia, pese a que la soprano que encarna a la Condesa es una mujer muy joven, por ello es posible que hayan pasado unos ocho años, esto es fácil de deducir durante el segundo acto, desarrollado en la habitación lujosa de Rosina di Almaviva, en el que se observa almacenado en el techo un carrito de bebé, que podría indicar la falta de uno o dos niños perdidos entre el matrimonio y el momento actual. Bechtolf también hace que la Condesa cojee notablemente a lo largo de toda la ópera, bien por haber tenido problemas con el nacimiento, o por haber sido lesionada en un arranque violento del Conde, quien de hecho la arroja al piso violentamente al acusarla de infiel en el segundo acto.

 


© Salzburger Festspiele / Ruth Walz

Bechtolf enfatiza el conflicto social entre la nobleza y la servidumbre al ubicar la boda en el refectorio de los criados, colocado al lado de la cocina y la cava. De hecho, todo el tercer acto se lleva en este gran espacio, dividido en cuatro áreas: a la derecha del escenario, la cocina y la cava divididas horizontalmente en dos áreas de la misma altura, y a la izquierda, también dispuestos horizontalmente aunque el refectorio es muy alto, y un pasadizo angosto por el que el Conde y Antonio irán a buscar a Cherubino, supuestamente escondido en la estancia de Barbarina. La escena de seducción se lleva a cabo en la cava, a la que bajará la Condesa a buscar su traje de novia para usarlo en el cuarto acto. El refectorio es realmente un salón multiusos en el que se escenifican el sexteto, el dueto de la carta y la boda. Es después del dueto de la carta cuando Barbarina llega a presentar sus respetos con las chicas del castillo, con Cherubino disfrazado como una. En este punto interviene el Conde tratando, otra vez, castigar al paje, cuando Barbarina se presenta como una chica hiperactiva que no necesita drogarse, nada la cantidad de hormonas que su pre-adolescencia produce. Por supuesto, el chantaje al Conde es más obvio que nunca.

 

El cuarto acto se ubica en un invernadero, o solario –obsesión de Bechtolf– en el que los diseñadores de escenografía, vestuario e iluminación logran un trabajo convincente. La Condesa aparece con su vestido de novia –el que rescató de un armario de la cava– y Susanna con un traje de montar de la Condesa que estuvo a la vista durante todo el segundo acto. Un punto muy interesante fue la personificación de la Condesa por parte de su doncella quien imita el defecto al andar. Al final, el Conde pide el perdón que la Condesa graciosamente otorga, pero sin evitar, aún sonriendo, el rostro de tristeza que exhibió durante toda la ópera.
 

© Salzburger Festspiele / Ruth Walz

Hay que decir que el equipo creativo realizó un buen trabajo en esta producción no tradicional, pues aunque la mantiene en Sevilla, la ubica en los 1920’s, en mi opinión sin agregar nada al original, y si haciendo menos formidable la figura de Figaro. Bechtolf logró presentar los tres temas principales: el conflicto de clases más que los otros, el erotismo, aunque desplazándolo demasiado a Basilio y el perdón. El problema es que en este caso no llego a esa felicidad que esta ópera “siempre” proporciona, quizá debido a la tristeza de la Condesa, a quién le va mejor la “canción desesperada” de Neruda que el glorioso “Più docile io sono e dico di sì”.




© Salzburger Festspiele / Ruth Walz

El barítono checo Adam Plachetka interpretó un muy buen Figaro con voz hermosa, aunque prefiero un basso cantante en este papel. El no tener presente a Cherubino en el primer acto hizo, o al menos me lo pareció, que el “Non più andrai” fuese tan brillante como lo espero, pero logró un muy buen resultado al romper la cuarta pared en su aria del cuarto acto. El cantante es muy joven por lo que espero que su ejecución actoral mejore
considerablemente en un futuro cercano.

 

 
 

Adam Plachetka, Martina Janková, Anett Fritsch, Luca Pisaroni, Ann Murray y Carlos Chausson  

© Salzburger Festspiele / Ruth Walz

 
Martina Janková fue no sólo una espléndida Susanna tanto vocal como en su actuación, también fue indudablemente la estrella de la producción. Sus dos arias fueron estupendas destacando por su hermosa voz e intención erótica en “Deh, vieni, non tardar, o gioia bella”, y su intervención en todos los números de conjunto –en mi opinión éste es uno de los papeles más demandantes del género operístico– fue brillantísima. La imitación del cojeo de la Condesa fue hilarante y las cachetadas y paradas que varias veces dio a su novio fueron convincentes.

 

Luca Pisaroni es uno de mis bajos cantantes favoritos y últimamente ha empezado a cantar el papel de Almaviva. Por supuesto que lo hace bien, pero espero volver a verlo como Figaro y no como el Conde. Probablemente la asignación de caracteres hubiera sido vocalmente mejor intercambiando los del bajo y el barítono. Pisaroni ya es un actor consumado y lo mostró en esta producción.



La joven soprano alemana Anett Fritsch actuó una excelente Condesa cojeando todo el tiempo, pero reflejando su tristeza permanente en su cantar. Todavía me pregunto si “Porgi amor” y “Dove sono” se referían al abandono del Conde o a otro abandono. Creo que en el caso de esta cantante veremos actuaciones mucho más sólidas en un futuro. Es posible que aún sea demasiado joven para lograr entender la dramaturgia musical de una Rosina abandonada por su esposo, o por sus hijos muertos.

 

La muy joven rusa Margarita Gritskova tiene una magnífica presencia escénica y una bella, pero genérica, voz de mezzosoprano. Cantó muy bien sus dos arias, pero le faltó esa carga de erotismo que tienen sus recitativos, especialmente el que precede a “Non so più cosa son cosa faccio”, “Felice te, che puoi vederla quando vuoi, che la vesti il mattino, che la sera la spogli, che le metti le spilloni, i merletti...”. Si este recitativo es bien interpretado conocemos el estado de explosión de hormonas del joven paje, si no, sólo oiremos un buen cantar, aunque la ópera va mucho más allá del canto.

 
Anett Fritsch, Margarita Griskova y Martina Janková
© Salzburger Festspiele / Ruth Walz

 
 

En muchas ocasiones Bartolo en un papel secundario. Carlos Chausson logró que no lo fuese en esta ocasión. La forma en que cantó “La vendetta”, así como su actuación en el sexteto y durante la boda fueron excepcionales. Su pareja también fue de antología pues Ann Murray como Marcellina, sin cantar su aria como lo esperaba dado que se trata de una función de Figaro en el Festival de Salzburgo, logró que con su interpretación todas las miradas se fijaran en ella. Durante el cuarto acto, llega a consolar a su hijo en el mejor estado alcohólico posible, es decir aquel que nos permite hablar más o menos coherentemente, pero que nos obliga apoyarnos en un mueble.  

 

El resto del reparto fue adecuadamente interpretado por Paul Schweinester como Basilio, Franz Supper como Don Curzio, Christina Gansch, miembro del proyecto de jóvenes cantantes del Festival, como la hiperactiva Barbarina y Erik Anstine como Antonio.

 

El director musical Dan Ettinger dirigió ese instrumento musical maravilloso es que la Orquesta Filarmónica de Viena. Aunque en momentos “tapó” a los cantantes, sus tempi fueron de mi agrado, aunque haya quienes todavía viven la época romántica de las óperas de Mozart. El coro de la asociación de conciertos de la Ópera de Viena manejó con acierto y facilidad sus dos pequeñas intervenciones.



© Luis Gutiérrez
 
 

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