sábado, 3 de mayo de 2014

Una función inolvidable

Tuve la suerte de estar presente en la función de La Cenerentola en el Metropolitan Opera la noche del lunes 28 de abril de 2014. Todos en el público sabíamos del triunfo estrepitoso de Javier Camarena el viernes anterior cuando bisó el aria “Sì, ritrovarla io giuro”.

Pero iré en orden; el elenco fue de sueño, Joyce DiDonato como Angiolina ossia Cenerentola, Javier Camarena como Don Ramiro, Pietro Spagnoli como su camarero Dandini, Luca Pisaroni como el tutor Alidoro, Alessandro Corbelli como Don Magnifico y como sus hijas Rachelle Durkin (Clorinda) y Patricia Risley (Tisbe). La producción de Cesare Lievi,  estrenada por Cecilia Bartoli y Ramón Vargas en 1997, se inclina por la comicidad del pastelazo, ignorando por completo el subtítulo de la ópera La bontà in trionfo, lo que la convierte, en palabras de Richard Osborne, “an essay in comic pathos”. Con músicos mediocres esta producción es digna de tomatazos y abucheo, pero por fortuna no fue el caso en esta dichosa noche.

Después de un maravilloso primer acto en el que destacaron la cavatina de Don Magnifico “Miei rampolli femminini” y el dueto de amor a primera vista entre el príncipe y Angiolina “Un soave non so che”, Camarena incendió de nuevo el teatro en su aria del segundo acto, “Sì, ritrovarla io giuro” que cantó con hermosa voz, solidez en todo el rango vocal con eso que nuestros abuelos llamaban squillo, dando una exhibición de elegancia y clavando en el cargado aire del MET cada uno de los do sobreagudos y, para mi sorpresa y delicia, interpolando un re muy seguro después de un largo do al cantar la primera repetición de la frase “Dentro al mio core”. Por fortuna el público frenó sus deseos de estallar en aplausos hasta que Don Ramiro abandonó el escenario por el fondo. La ovación fue de admiración, agradecimiento, felicidad y, sí, de petición de un bis. Una vez habiendo decidido darlo, Javier salió a escena y dio las gracias más sinceras que he visto en cualquier cantante de ópera al hincar la rodilla izquierda por unos largos momentos. Por supuesto, entendimos que el  agradecimiento fue sincero y el aplauso se hizo ensordecedor hasta que salió el coro a tomar sus lugares nuevamente. Y se repitió el milagro. Alargó aún más el par de notas sobreagudas. do – re, sin confundir musicalidad con acrobacia en ningún instante. Aún resuenan en mi cabeza esas notas y el aplauso que siguió. Quienes me conocen saben que mis preferencias musicales, y de las otras, se dirigen a las mujeres, sopranos, mezzos, contraltos, artistas y no artistas, pero hoy quedé fascinado por un tenor, quien es probable se convierta en uno de los tenores de los que se diga al final del siglo XXI “ya no se canta como lo hacía Camarena”.

Pero la noche no acabó ahí. Joyce DiDonato, quien es una de las más notables intérpretes de Rossini en los últimos cincuenta años, ha de haber pensado “ahora voy yo” y nos bordó el gran rondò “Nacqui all’affano, al pianto” en el que la coloratura original y los adornos vocales brillaron como las gemas de los brazaletes del personaje.

El resto del elenco tuvo también una gran función, espoleado por la impresionante demostración de Don Ramiro y Angiolina. También tengo que decir que Fabio Luisi usó batuta y cerebro en una forma magistral.

Decir que se hizo historia en el MET es un lugar común pues todas las noches se hace historia en todo el mundo. Lo que sí puedo decir es que fue una noche inolvidable para mí, para todos los que estaban en el público u oyéndolo electrónicamente, para la familia, amigos y admiradores de Camarena, y, sobre todo, muy especialmente para Javier quien nunca olvidará estos aplausos en uno de los escenarios operísticos más importantes del mundo, al que honró con su talento, técnica, musicalidad y gracia exquisita.      

1 comentario:

  1. Es muy emocionante leerte, especialmente en esta reseña en la que nos llevas al escenario, a los que no tenemos tanta suerte...

    ResponderEliminar