jueves, 21 de mayo de 2015

La función de la obertura en la ópera

 

La obertura como parte orgánica de la ópera

 

Christoph Willibald Gluck no fue solamente uno de los compositores de ópera más exitosos de su tiempo, también fue uno de los teóricos más prominentes de la forma artística.
 

El 27 de diciembre de 1767 estrenó la segunda de las óperas que compuso con libreto de Ranieri de’Calzabigi, Alceste, que dedicó al Archiduque Leopoldo de Toscana.
 

La dedicatoria ha sido considerada como “el manifiesto de la reforma”. En ella escribe, entre muchos otros conceptos importantes: “consideré que la sinfonia (obertura) debería informar a los espectadores del tema que será escenificado, y constituir, como así lo fuere, el argumento” [i].
 

Con esto en mente, Basil Deane nos informa de preguntas que se hacía la gente sobre la obertura en la época de Beethoven, es decir cincuenta años después de la publicación del “manifiesto”. ¿Debería [la obertura] preparar a los espectadores para la primera escena?, ¿O, debería hacerlo para presagiar el final de la ópera?, ¿Debería expresar el rango de emociones a experimentar en el curso del drama?, ¿Debería (como algunos autores lo han sugerido) intentar indicar eventos que precedan la acción por venir?. ¿Debería, o no, usar temas de la ópera? No existía consenso [ii].  

 

El tratamiento que Mozart dio a la obertura
 

La obertura a una opera seria
 

Como era su costumbre, Mozart compuso la obertura de Idomeneo (1781) unos días antes de la premier. Conocía bien las óperas de Gluck, habiendo asistido a uno de las funciones de Alceste pocos días después del estreno de ésta [iii].
 

La obertura, un allegro descrito por algunos escrito como una forma sonata sin sección de desarrollo, tiene Re mayor como tónica, tonalidad asociada a personas de alto rango, desplazándose constantemente a pasajes en tonalidades menores, pueden representar un signo ominoso de la tragedia que se representará.
 

Al final de la obertura, compases 157 a 161 [iv], se pueden detectar dos motivos: el que acompañará a Idamante varias veces, y un motivo que podría llamarse el de duol [v], que recurre varias veces en la ópera cuando aparece dolor psicológico. 

 
 Colin Davis - Royal Philharmonic Orchestra


 Partitura de la obertura de Idomeneo
 
Puede afirmarse que esta obertura “informa a los espectadores del tema que será escenificado”, expresando el rango de emociones a experimentar en el curso del drama y usa algunos temas de la ópera.
 
 

Oberturas a dos opere buffe
 

Le nozze di Figaro
 

Mozart compuso la obertura de Le nozze di Figaro (1786) dos días antes de la premier [vi]. Los 294 compases están indicados presto en todas las ediciones, [vii] aunque el en el catálogo de Mozart se indica allegro assai. La obertura no incluye ninguna referencia temática de la ópera, pero su ritmo y melodía claramente comunican a la audiencia una idea de la atmósfera jovial que gozará la folle journée.
 

La obertura también es una forma sonata sin desarrollo, como lo fue la de Idomeneo, también en Re mayor. La razón principal para usar Re mayor en esta ópera fue la brillantez de la tonalidad, aunque también asocia la tonalidad al personaje de mayor rango, Almaviva, y, sarcásticamente, al pomposo Bartolo.
 

Mozart planeó una sección lenta como lo había hecho en Die Entführung aus dem Serail (1782), en esta ocasión una siciliana andante con moto, sin embargo cambió de opinión y la arrancó del autógrafo [viii]. Nunca sabremos la razón del porqué lo hizo Mozart.

 
John Eliot Gardiner - The English Baroque Soloists

Partitura de la obertura de Le nozze di Figaro
 
A diferencia de la obertura de Idomeneo, Mozart no usa en la de Le nozze di Figaro algún tema de la ópera, pero prepara al público a una maravillosa ópera en la que los eventos se desarrollarán muy rápidamente. Es una pieza de música que captura nuestra atención, y nos hace esperar los eventos que sucederán.  

 

Don Giovanni
 

Julian Rushton declara que la obertura de Don Giovanni (1787) es en la que Mozart se acerca más al modelo de Gluck [ix].
 

Esta es la primera obertura en la que Mozart inicia lento, andante, como sucederá en Così fan tutte (1790) y Die Zauberflöte (1791). El inicio, compases 1 a 30,[x] prevé la entrada de ‘il convitato di pietra’, en la escena XV del acto II, compases 433 y siguientes,[xi] sin trombones y con una melodía algo modificada –habría que decir en sentido estricto que decir recuerda el tema y no lo prevé, pues como ya se mencionó, Mozart escribía la obertura al último. La tonalidad de la obertura es la misma de las de Idomeneo y Le nozze di Figaro, Re mayor, aunque en esta ocasión inicia en Re menor, desplazándose inmediatamente a mayor.


Es muy probable que los acordes que inician la obertura de Don Giovanni hayan cogido por sorpresa al público del Teatro Nacional de Praga, que hacía ocho meses había gozado inmensamente de la alegría de Le nozze di Figaro. Uno de los propósitos fundamentales de la obertura (incluidas las de Gluck) era capturar la atención de la audiencia, muy ruidosa antes que Wagner decretara que la ópera es religión (por lo menos en Bayreuth), la obertura de Don Giovanni logra ese objetivo con ese estallido de terror que representa el primer acorde en Re menor, seguido de escalas ascendientes y descendientes que se disuelven en un brillante molto allegro que inicia un movimiento sonata incluyendo una sección de desarrollo y una coda final que es la transición de Re mayor a Fa mayor, la tónica de ‘Notte e giorno faticar’. Algunos comentaristas han dicho que el héroe, o anti–héroe para los tímidos, está representado por el tema principal de la obertura, aunque este tema jamás reaparecerá en la ópera [xii].

 
Riccardo Muti - Orchestra del Teatro alla Scalla


Partitura de la obertura de Don Giovanni

 
La obertura de Don Giovanni informa a los espectadores del drama que se escenificará, los prepara para la escena inicial, anuncia el final de la ópera, expresa el rango de las emociones que se experimentarán y usa un tema de la ópera. No creo que exista un teórico de la época de Beethoven o de ninguna otra, que pusiese un pero a esta obertura.



La obertura a un singspiel
 

Mozart dio cabida en su catálogo a la obertura de Die Zauberflöte el 28 de septiembre de 1791, dos días antes de la premier y menos de diez semanas antes de su muerte.
 

La orquestación casi la misma de las tres oberturas anteriores; hubo dos diferencias: la alternancia de clarinetes y bassethorns y el uso orgánico de tres trombones, es decir formando parte de la orquesta y no sólo como toque de efectos especiales como los de Idomeneo y Don Giovanni. Para el público del popular Theater auf der Wieden, el sonido de los trombones en la orquesta ha de haberse oído misterioso, y hasta religioso, pues se usaban normalmente en música de iglesia, así como el de los bassethorns instrumentos a menudo en las ceremonias masónicas, ajenas a la gran mayoría de los asistentes.


La obertura inicia con un quíntuple acorde seguido por un adagio durante quince compases que preceden un movimiento de forma sonata, allegro, que con su formato de fuga está lleno de expectación y optimismo. El Triple Acorde, tres acordes en Si bemol, que interrumpe el desarrollo del movimiento, se convertirá en familiar durante la ópera, pues recurrirá con los ritos de iniciación de Tamino y Papageno durante el segundo acto. Este Triple Acorde también está asociado a las ceremonias masónicas.
 

Otra característica masónica de la obertura es su tonalidad, Mi bemol, asociada a eventos solemnes.  También se considera que Mi bemol está asociado a la masonería por sus tres accidentes.
 

Riccardo Muti - Wiener Philharmoniker

La brillantez de la melodía y la audacia de la orquestación hacen de esta obertura un vehículo perfecto para presentar la ópera, aunque lo haga más atmosférica que descriptivamente.

 
En conclusión, Mozart elabora las cuatro oberturas queriendo satisfacer necesidades específicas, pero todas transmiten la atmósfera que rodeará los eventos que se dramatizarán, en algunos casos nos sugieren algunos temas de las óperas y, en la de Don Giovanni, nos muestra el final desde los primeros acordes de la ópera.

 

Beethoven, de Leonore a Fidelio

 

Cuatro oberturas para una ópera

 
Beethoven usó la obertura que hoy conocemos como Leonore No.2, en la premier de la primera versión de su única ópera, llevada a cabo el 20 de noviembre de 1805. Poco tiempo después, el 29 de marzo de 1806, presentó la primera revisión de la ópera, llamada todavía Leonore, oder der Triumph der ehelichen Liebe [Leonore, o el triunfo del amor conyugal]; uno de los cambios fue la introducción de la nueva obertura Leonore No.3. Se creyó por un tiempo que la obertura Leonore No.1 se había escrito antes de la premier de 1805, pero hoy se sabe que esta pieza fue compuesta en 1807 para una producción en Praga [xiii].
 

Obertura Leonore No.1 Claudio Abbado - Wiener Philharmoniker
 
 

Leonore No.2, tiene Re mayor como tonalidad, al igual que las otras dos; empieza adagio con pasajes de acordes cromáticos, [xiv] pero después de 56 compases cuando  la música termina fortissimo, el tempo se acelera a un allegro que anuncia la melodía que Florestan cantará en su aria principal, No.11 de la primera escena del segundo acto, ‘In des Lebens Frühlingstagen’ [En los días de primavera de la vida], alabando a su esposa Leonore [xv]. La tonalidad cambia a Mi menor antes de que una trompeta proclame el anuncio de la llegada de Don Fernando quien ajustará las cuentas que haya que ajustar.

 
Obertura Leonore No.2 Claudio Abbado - Wiener Philharmoniker
 
Hay quien dice que las intenciones de Beethoven al componer esta obertura fueron “proveer un resumen gráfico [aural] de la acción más que escribir una obertura formal” [xvi] y que esta obertura “sigue y extiende los modelos Mozartianos de Don Giovanni y Die Zauberflöte en el uso de la cita musical y los procesos que nos dejan ver el núcleo emocional del drama” [xvii].


La insatisfacción de Beethoven con Leonore No.2 fue más musical que dramática. La obertura mantiene Re mayor como tónica durante todo el movimiento sonata [xviii]. También usa el tema del aria de Florestan pero retarda el momento de la entrada de la trompeta. Como pieza de concierto es una maravilla, pero también nos transmite de alguna forma la atmósfera de la ópera, de los aspectos emocionales y de algunos temas musicales. ¿Será está obertura inapropiada para ser la de la ópera, como dicen algunos teóricos? [xix] No lo creo, pero por fortuna Beethoven si lo creyó.



Obertura Leonore No.3 Claudio Abbado - Wiener Philharmoniker
 

Beethoven modificó a fondo la ópera y la presentó el 23 de mayo de 1814, con su nombre definitivo, Fidelio, oder Die eheliche Liebe [Fidelio, o el amor conyugal] y una nueva obertura –Fidelio– que sería también la definitiva.


Fidelio, la obertura, tiene Mi mayor como tonalidad principal, probablemente asociada a Leonore. Una alegre fanfarria de 4 compases precede un dulce adagio con cornos, también asociados con Leonore, durante 8 compases antes de iniciar un movimiento sonata por 30 compases, acelerándose a allegro para terminar en Do mayor. Regresa Mi mayor en un adagio a lo largo de 14 compases, moviéndose a la recapitulación, presto, que restituye los compases con los que inició la obertura [xx]



Obertura Fidelio Claudio Abbado - Wiener Philharmoniker

 

Esta obertura es inequívocamente Beethoveniana, aunque menos muscular que las Leonores 2 y 3, también es una grandiosa manera de presentar una ópera. También es menos obvia que las Leonores pues no presenta temas musicales de la ópera, pero la atmósfera de la misma está presente, emulando así la obertura de Le nozze di Figaro, y, como en la de Don Giovanni, se une sin interrupción a la escena inicial, habiendo empezado en Mi mayor, la tonalidad de Leonore, al Do mayor del dueto inicial de Jaquino y Marzelline.

 
La obertura definitiva, Fidelio, satisface los preceptos de Gluck al preparar al auditorio para la escena inicial y, sin usar temas de la ópera, y anuncia el final.

 

Rossini, de cortar y pegar a ser el creador de una nueva forma musical.

 

Una obertura para tres óperas

 
La obertura de Il barbiere di Siviglia  (Roma, 1816) inicia andante sostenuto durante 24 compases, acelerando a un allegro entre los compases 24 a 176, para finalizar los últimos 16 compases più moto  [xxi]. No aparece ningún tema musical de la ópera.

 
Esta obertura “en la que Rossini destila todo el ingenio y espíritu de su obra maestra más famosa” [xxii] es absolutamente brillante. Cuando era más ingenuo e ignorante de lo que soy ahora, que sigo ignorante pero no tan ingenuo, al escuchar  la obertura “oía” los ruidos del Dottor Bartolo quejándose del comportamiento de su pupila, y la consideraba perfecta para una ópera cómica presintiendo la atmósfera y aún los eventos a dramatizarse. Aun cuando tenía la información de que Rossini había “tomado en auto-préstamo”, a lo que era proclive, las oberturas de Elisabetta Regina d’Inghilterra (Nápoles, 1815) y Aureliano in Palmira (Milán, 1813).

 
Obertura de Aureliano in Palmira
 
Cuando oí las oberturas de Elisabetta y Aureliano, óperas serias, mis oídos casi reventaron, pues no se trata de préstamos, se trata simplemente de la misma obertura, con cambios de orquestación aquí y allá, pero si alguien oye las tres oberturas no sabría decir cuál de las oberturas corresponde a qué ópera.


Obertura de Elisabetta Regina d'Inghilterra
 

De esto obtengo algunas conclusiones: Rossini era un genio no sólo de la música sino también de su imagen pública. Es cierto que empleó dos semanas en la composición de Il barbiere, pero también es cierto que si los préstamos musicales tuvieran intereses, el Cisne de Pesaro hubiera quebrado en Roma; el haber presentado las tres óperas en tres ciudades diferentes le dio cierta ventaja, pues presumo que los romanos no conocían lo que habían oído los napolitanos y los milaneses. La que creo es realmente importante es que tendemos a dar un significado musical a una pieza puramente orquestal, aunque tal pieza esté en un contexto a veces serio y a veces cómico.
 
 
Obertura "de" Il bartbiere di Siviglia Claudio Abbado - Orchestra del Teatro alla Scala

No obstante lo anterior, sigo pensando que la obertura de Il barbiere di Siviglia –y de las de las otras dos óperas– es brillante, aunque esté muy lejos de los deseos de Gluck. Por otra parte, no creo que Rossini dejara de dormir por saber si se acercaba o no a las recetas reformistas.

 
La última obertura de Rossini

 

Una de las oberturas operáticas más populares es la de Guillaume Tell (1829), la última ópera escribió Rossini, la que en palabras de Francis Toye, “es una sinfonía en miniatura” [xxiii].


Como en la de Il barbiere di Siviglia –y sus gemelas– la obertura no incluye temas de la ópera, aunque según Toye, importó un tema originalmente cantado en unísono al final del acto dos, pero que se eliminó antes del estreno [xxiv].


Riccardo Muti - Orchestra del Teatro alla Scala

En mi opinión, la obertura a Guillaume Tell es un antecedente del poema sinfónico, forma musical que maduraría con Franz Liszt, Rimsky–Korsakov y Richard Strauss.
 

El primer movimiento inicia con un violonchelo solo que transmite una profunda tristeza, después de presentar una frase, se le une toda la sección y posteriormente las otras cuerdas y un timbal, que puede entenderse como un indicio de esperanza. Inesperadamente algo rompe el ambiente melancólico y explota una tormenta, que incluye relámpagos sugeridos por las flautas subrayadas por los metales fortissimo.
 

Después de la tormenta, física y musical, llega la calma. El tercer segmento de esta mini-sinfonía es una melodía bucólica, un ranz–des–vaches típicamente suizo. El bello y pacífico diálogo entre flauta y corno inglés puede interpretarse como Marie–Antoinette jugando a la pastora. Inesperadamente, el sonido de las trompetas, reforzado por cornos y timbales rompe la ilusión e inicia la última sección de la obertura que representa la rebelión que termina en la victoria del pueblo suizo sobre el invasor austriaco.

 
Esta pieza es una obertura operática perfecta al preparar a la audiencia,  transmitiendo con autoridad la atmósfera en la que se desarrollará la pieza. Los teóricos de entonces como algunos de hoy, pudieron haber criticado la falta de vergüenza de Rossini al usar tres veces la misma obertura cuando era muy joven, sin embargo, no tienen otra opción que darle gracias por la de su última pieza. En mi opinión, la obertura de Guillaume Tell es una obra maestra y, a decir verdad, sigo oyendo la de Il barbiere di Siviglia como la obertura de la ópera cómica más exitosa de la historia.
 

Concluyendo, el impacto del manifiesto reformista de la ópera fue duradero en los casi setenta años posteriores de su publicación, por supuesto con algunas excepciones. Tenemos hoy la suerte de contar con muchas oberturas que cumplen su objetivo específico, informan al público sobre lo que pasará en la ópera, la más de las veces con movimientos sinfónicos maestros. 
 
@Luis Gutiérrez Ruvalcaba


[i] Christoph Willibald Gluck, en Patricia Howard, Gluck, An Eighteenth-Century Portrait in Letters and
 Documents, (Oxford: Clarendon Press, 1995), p. 85.
[ii] Basil Deane, ‘Fidelio: an operatic marriage’, en Fidelio, ed. Nicholas John, ENO Opera Guide, iv, (London;
  Calder, 1986), p. 16.
[iii] Carta de Leopold Mozart a Lorenz Hagenauer fechada 30 de enero–3 de febrero de 1768, en Emily  
   Anderson, ed., The Letters of Mozart and his Family, revised by Fiona Smart, (London: Macmillan, 1997),
   p. 83     
[iv] Wolfgang Amadeus Mozart, Idomeneo in full score (New York: Dover, 1992), p. 11
[v] Daniel Heartz, Mozart’s Operas, (Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1990), p .8.
[vi] William Mann, The Operas of Mozart, (New York: OUP, 1977), p. 374.
[vii] Wolfgang Amadeus Mozart, Le nozze di Figaro Vocal Score, (Kassel: Bärenreiter, 1976), pp.1–13.
[viii] Tim Carter, W. A. Mozart Le nozze di Figaro, (Cambridge: CUP, 1994), p. 49.
[ix] Julian Rushton, W. A, Mozart Don Giovanni, (Cambridge: CUP, 1994), p. 9.
[x] Wolfgang Amadeus Mozart, Don Giovanni, (Kassel: Bärenreiter, 1968), p. 5.
[xi] Idem, p. 425.
[xii] Julian Rushton, Idem
[xiii] Douglas Johnson, ‘Fidelio’. En The New Grove Dictionary of Opera, ed. Stanley Sadie, (London: Macmillan,
    1997), vol. 11, p. 183.
[xiv] Es decir, acordes que incluyen notas marcadas como bemol o sostenido, que no pertenecen a la tonalidad
     principal.  Re mayor, incluye Fa y Do sostenidos.
[xv] Ludwig van Beethoven, Overture Leonore No.2. Fidelio. (New York: G. Schirmer, 1907), en
[xvi] Winton Dean, ‘Beethoven and opera’. En Ludwig van Beethoven Fidelio, Paul Robinson, (Cambridge: CUP,
    1966), p. 37.
[xvii] Idem, p. 105.
[xviii] Ludwig van Beethoven, Overture Leonore No.3. Fidelio. (New York: G. Schirmer, 1907), en
[xix] Basil Deane, Idem.
[xx] Ludwig van Beethoven, Overture Fidelio. Fidelio. (New York: G. Schirmer, 1907), en
[xxi] Gioachino Rossini, Overture. Il barbiere di Siviglia. (New York: G. Schirmer, 1907), en
[xxii] Nicholas Till, Rossini, (London: Omnibus Press, 1987), p. 68.
[xxiii] Francis Toye, Rossini The Man and his Music, (New York: Diver, 1987), p. 146.
 
[xxiv] Idem.

lunes, 20 de abril de 2015

Don Giovanni en ESTO ES MOZART


Don Giovanni  en Bellas Artes. 19 de marzo de 2015.


Hace seis años, el 19 de marzo de 2009, se estrenó la producción que hoy se reestrena en el Palacio de Bellas Artes. Todavía recuerdo aquella función como la peor musicalmente hablando y escénicamente no tanto pero tampoco se acercó a lo que es Don Giovanni, en mi opinión por supuesto, o bien no la entendí.
 

La producción de Mauricio García Lozano mejoró enormidades en seis años, demostrando que hay veces que las segundas oportunidades se pueden aprovechar. Esto pudo deberse a tres razones: la entendí, el cambio de escenario del Teatro de la Ciudad, recordemos que el Palacio de Bellas Artes estaba siendo “remozado” y Lozano ajustó su dirección escénica.
 

García Lozano presenta un Don Giovanni lúbrico, abusador de su potencia sexual y su posición social y, en esto se diferencia de otros conceptos, narcisista hasta el exceso.
 

Siempre me ha disgustado que los directores de escena traten de diviertan, traten de dar una lección o de “explicar su concepto” al público. Disgusto aparte, durante la obertura Don Giovanni simula en una gran cama redonda rodeada por una cortina, una serie de actos sexuales, incluyendo los convencionales, cunnilingus, felatio, ménage-à-trois, sodomía, etc. etc., que vemos al reflejarse en un gran espejo omnipresente, colocado oblicuamente en este momento. Dije “simula” pues si lo “hiciera” hubiera sido imposible continuar con la ópera, no por cualquier tipo de censura, sino por la imposibilidad de respirar bien para cantar y Don Giovanni sin Don Giovanni, no es Don Giovanni. Al salir de la cortina las mujeres con una gran sonrisa de placer y satisfacción, reciben de Leporello una tableta con un número, que se usará posteriormente durante el catálogo, aunque también puede explicarse como la imposición de un sello de propiedad de Don Giovanni, quien las cosifica formalmente.
 

La obertura termina modulando a la tonalidad de la introducción, que en palabras de Alfred Einstein es “una de las maravillas del mundo”, Leporello termina su trabajo de “herrero” y empieza a actuar como el siervo de confianza. Aquí empieza a complicarse mi comprensión de la producción pues la escenografía, de Jorge Ballina,  está hecha con camas, marcos de cama y colchones  que simularán todos los lugares en los que se desarrolla la obra, ubicados sobre una plataforma cuadrada que girará entre “escena y escena”. Creo que es muy probable que quienes desconocen la ópera no tuviesen la menor idea del desarrollo de la trama.
 

El director de escena nos mostró una Donna Anna indignada persiguiendo a Don Giovanni, a ratos, pues este regresa continuamente a la carga, lo que contradice libreto y, en mi opinión de nuevo, su psicología. No existe en ninguna de las fuentes, ni en el libreto de Da Ponte, ni mucho menos en la música de Mozart, la sugerencia que Don Giovanni mate al comendador arteramente por la espalda de un Commendatore arrodillado. Don Giovanni puede ser inmoral, ¿amoral?, en mucho sentidos pero no es un vil asesino, al menos en mi opinión y hasta que no se demuestre lo contrario.
 

Lo más útil de la escenografía y el más hilarante de los diseñados por el productor, sucede durante el catálogo de Leporello, en el que se muestra a las mujeres que va mencionando, una a una tal cómo son descritas en el aria.
 

No sé quién decidió las fuerzas del coro, pero la celebración de la boda de Zerlina y Masetto es acompañada por una multitud que ya quisieran muchos poderosos en las bodas de sus hijos. Lo mismo sucede cuando Don Giovanni entra a la gran sala en la que se llevará a cabo el final del primer acto, y un coro de cuatro u ocho sirvientes, no más,  se convierte en toda la sección masculina del Coro del Teatro de Bellas Artes.
 

Es en este final con el que mayores problemas tuve, uno musical, muy serio, pues se utilizó una grabación sustituyendo las tres pequeñas orquestas que tocan, después de afinar sobre el escenario, dos de ellas con pares de oboes y cornos y cuerdas interpretando el minueto, y dos compuestas por violín y contrabajo tocando la contradanza y la danza alemana. No sé quien sugirió esta solución, supongo que para abatir costos, pero es la primera vez que la veo después de haber visto muchas producciones de estas óperas, y debo decir que me molestó sobremanera.





 
 



El segundo problema fue conceptual; quienes asisten al baile en el libreto y en la música, son los amigos de los novios campesinos, supongo que los más íntimos pues la multitud que los acompañó en “Giovinette che fate all’amore” no podía de ninguna forma caber donde se ubica la acción. El director de escena decidió “invitar” un grupo de personas sofisticado y bastante depravado, volvimos a tener una ración de sexo simulado, tratando de bailar minuetos, contradanzas y danzas alemanas. No entiendo este cambio pues no agrega información para la comprensión de la ópera. Es en este final en el que vemos a todos los personajes y pude apreciar el vestuario ciertamente anacrónico entre las Doñas, vestidas con un estilo del pasado no sé qué tan lejano y el resto vestido como en la actualidad. En mi opinión el vestuario diseñado por Jerildy Bosch cumple con su cometido y es congruente con la producción. 
 

En el segundo acto hubo cosas notables. Donna Elvira canta “Mi tradì que’ll alma ingrata” y el recitativo acompañado que le precede en el proscenio con el telón cerrado. De alguna forma, esto podría referirse a que este número que es ajeno al desarrollo de la ópera, pues fue compuesto por Mozart para el estreno vienés, halagando a Caterina Cavalieri, amiga suya, amante de Salieri y cantante especialmente hábil en al ejecutar coloratura complicada como lo hizo en Konstanze en el estreno de Die Entführung aus dem Serail.
 

Las escenas del cementerio y la de la condenación de Don Giovanni son interesantes conceptualmente, pues quienes ocupan las fosas del panteón y acosan al blasfemo, son los fantasmas de las mujeres a las que abandonó.
 

Por cierto, no he nombrado a Víctor Zapatero quien tuvo un desempeño excepcional al diseñar una excelente iluminación.
 

Un detalle que no entendí fue la presencia de un cisne sobre la mesa de Don Giovanni, mismo al que le extrae las entrañas para comerlas. No tengo idea cual es el símbolo del cisne en esta ópera, que además deforma el texto pues Leporello dice explícitamente “Questo pezzo di fagiano” al arrancar un ala del cisne. Un ave es un ave, pero no es lo mismo.
 

Durante la cena que inicia el final de la ópera, regresó la maldita grabación, que acompañó las citas de Leporello a Martín y Soler, Sarti y Le nozze di Figaro. No entiendo por qué el director musical, ¿o fue el escénico?, ¿o alguien más?, decidió no usar una orquesta de pares de oboes, clarinetes, fagotes y cornos y un violonchelo para interpretar una grandiosa Harmonie de Mozart. No puedo decir lo que de veras pienso con respecto al uso de grabaciones en una ópera que no las requiera específicamente –algunas épocas más o menos contemporáneas lo hacen–; por lo menos debería anunciarse públicamente en los carteles de publicidad, o ¿será que en el futuro de la ópera en Bellas Artes se sustituya  la orquesta, por buena o mala que esta sea, con bandas sonoras? Pasó en Rigoletto con la banda interna, lo cual no fue tan relevante como en Don Giovanni en que las orquestas sobre el escenario, no internas, sino a la vista del público, son “personajes”.


Esta vez, a diferencia de hace seis años, tuvimos un reparto muchísimo mejor, pese a ciertas deficiencias muy notables, por lo menos en mi opinión. Como aclaración, escribo varias veces “en mi opinión” porque no me considero ni un narrador influyente, ni mucho menos el oráculo de Delfos.
 

Mozart escribió su partitura para tres mujeres, todas ellas sopranos bajo estándares actuales, aunque Donna Anna es quien tiene la tesitura más elevada. En muchas ocasiones bien sea Donna Elvira o Zerlina se asignan a mezzosopranos. En esta ocasión se escogieron tres sopranos.
 

Erika Grimaldi interpretó a Donna Anna espléndidamente, como actriz y especialmente como cantante. Ojalá la vea en un futuro cercano. Olivia Gorra actuó bien el papel de Donna Elvira, pero musicalmente dejó mucho que desear. Las desafinaciones fueron recurrentes y desde su primer aria empujó la voz a tal grado que parecía gritaba.
 

En la concepción de Mozart, Zerlina es la prima donna de la ópera. En Praga la interpretó Caterina Bondini y en Viena Luisa Laschi, ambas las primeras figuras  de ambas compañías en esos momentos. Originalmente compuso dos arias para Zerlina y para Donna Anna, mientras que, como se mencionó arriba, la segunda aria de Elvira fue compuesta hasta la versión vienesa. En el Romanticismo cambió la primacía de Zerlina a Donna Anna, debido esencialmente al carácter buffo de la primera y serio de la segunda, y los Románticos no fueron conspicuos por su sentido del humor.   


El hecho es que se escogió a una joven cantante del Estudio de la Ópera de Bellas Artes, Angélica Alejandre que simplemente no pudo con el paquete, su actuación fue deficiente y su canto aún más al hacerlo en momentos sharp (#) y en otros calante. Para tener una idea, al terminar su aria del segundo acto, después de un intento de strip–tease  “Vedrai, carino”, el público de Bellas Artes que es aplaudidor compulsivo no lo agradeció, yo no aplaudí aunque sí lo agradecí. Si Kiri–te–Kanawa cantó una de las campesinas de Le nozze di Figaro, yo no pensaría que fuese indigno que éste fuera el próximo papel de esta joven, si es que quiere acercarse a Mozart.
 

Ernesto Ramírez, Don Ottavio, actuó como se espera de él, aunque un poco más pedante que lo normal, probablemente por indicaciones del director de escena. En el lado musical su actuación fue, en cambio, menos elegante que la normal. Por desgracia, aquél más y éste menos no pueden promediarse para decir que estuvo bien.
 

Juan Carlos Heredia, también miembro del Estudio de Ópera de Bellas Artes, tuvo, en cambio, una destacada actuación como Masetto.
 

Tuve un fuerte problema con Il Commendatore de Guillermo Ruiz, el objetivo es que aunque lo clasifican como bajo–barítono, en mi opinión es más barítono que bajo, por lo que su voz no es de aquellas que agarran por la garganta a Don Giovanni y al público como lo hacen y han hecho los grandes bajos oscuros. En cuanto a mi opinión subjetiva, en mi impresión preliminar afirmé que lo habían amplificado electrónicamente, cosa no difícil de estimar dados los crujidos de la bocina que estaba a mi izquierda, vista desde el auditorio, y el crimen de las grabaciones. Dos personas confiables hicieron el favor de corregirme en esta apreciación, por lo que puedo afirmar que Don Guillermo tiene una voz muy potente. No obstante, seguí extrañando a ese bajo profundo que mata con la voz –en otro sentido al de algunos cantantes, ninguno de los cuales estuvo presente hoy.  También aconsejo firmemente que se reparen adecuadamente las bocinas para que no vuelvan a surgir suspicacias.
 
 


Armando Gama actuó un excelente Leporello, sin embargo creo que a pesar de ser un buen barítono fue mal escogido, dado que éste es uno de los grandes papeles para bajo cantante de la historia de la ópera. En algunos momentos esta deficiencia de notas bajas fue audible, más bien hizo inaudibles las mentadas notas.
 

Por fin tuvimos un Don Giovanni de verdad. Christopher Maltman interpretó un sólido y brillante anti–héroe; cantó “Finch’han dal vino” brillantemente y sin ahogarse por falta de oxígeno, lo que sucede en muchos casos a cantantes no acostumbrados a la altura de la ciudad de México. En la serenata llegué a creer que veía su voz, casi tocarla. Y en los momentos requeridos se oyó firme y valiente. Su interpretación vocal es algo de lo mejor que he visto en Bellas Artes punto. Su actuación también fue muy buena, pese a tener una actitud demasiado lúbrica hasta en momentos donde no cabía la misma. Admirándose continuamente en un espejo confirmó un narcisismo exacerbado.
 

Srba Dinic dirigió adecuadamente, y con tempi acordes con la actual corriente HIP, lo que agradezco, a la Orquesta y al Coro del Teatro de Bellas Artes, a los cantantes y a las grabaciones. 
 

Espero que vayan a ver una de las cuatro funciones que restan y que me ayuden a corregir mis impresiones; también pido su indulgencia ante cualquier burrada, error sintáctico u ortográfico que hayan encontrado, por lo que solicito me lo hagan saber. Creo que esto que estoy escribiendo es un riesgo innecesario, pero así es esto de dar opiniones.