jueves, 14 de diciembre de 2017

Reminiscencias del 2006 2


Berliner Philharmoniker 

Berliner Philharmoniker en Carnegie Hall 


Nueva York. Enero 27

Hoy es un día importantísimo en este año Mozart, pues se conmemora el 250 aniversario de su nacimiento.

Simon Rattle dirigió a la Berliner Philharmoniker en el celebérrimo Carnegie Hall, cuya acústica es una de las mejores del mundo.

El concierto inició con una de mis piezas favoritas, de Mozart y de cualquier otro compositor, la Serenata para alientos en Mi bemol mayor K 361, conocida como “Gran partita”. Mozart compuso bastantes piezas de este subgénero, muy popular en su tiempo y llamado “Hamoniemusik”, y esta serenata es, sin duda, la cúspide del subgénero. 

La obra está compuesta por pares de oboes, clarinetes, bassethorns y fagotes, cuatro cornos, 2 en Fa y dos en Si bemol, y contrabajo. Aunque se estrenó el 23 de marzo de 1784 en un concierto a beneficio del gran clarinetista Anton Stadler, amigo íntimo y camarada masón de Mozart, es muy probable que la haya compuesto entre 1781 y 1782 según resultados del análisis del papel de la partitura realizado por Alan Tyson en 1987, y el estilo del movimiento final similar al final del aria “Martern aller Arten” de Die Entführung au dem Serail. Mozart también escribió para Stadler el Quinteto para clarinete y cuerdas, los obbligati para clarinete bajo y bassethorn de La clemenza di Tito y el Concierto para clarinete y orquesta. 

El molto allegro del primer movimiento es suficiente razón para oír esta Serenata cuando se oye con el grupo de alientos de esta orquesta, pero lo que sigue es aún más bello, si se puede decir esto. El tercer movimiento, adagio, famoso por la descripción que Murray F. Abrahms en el papel de Salieri hace de él en Amadeus, se convirtió en un diálogo entre los dos primeros oboe y clarinete, apoyados en un bassethorn pero con los cornos silentes, que aún, once años después, recuerdo con lágrimas de emoción. El cuarto movimiento, llamado Romance, está dividido en tres secciones; la segunda, allegretto, no es otra cosa que una hermosísima danza alemana, y el molto allegro final termina con una carcajada musical que hizo sonreír a los 13 maestros, y por supuesto a Rattle quien dirigió impecablemente, y al público que seguidamente ovacionó a los miembros de la banda de alientos y su director dada ala alegría de vivir que se puede transmitir a través de la música abstracta que simultáneamente espolea al cerebro.

No hay quien pueda decir que es un desperdicio ir a un concierto con los Berliner y oír solamente al grupo de alientos. Yo creo que es cualquier cosa menos un desperdicio oír a este grupo de 13 virtuosos de sus instrumentos.

Alfred Brendel


La velada continuó con el Concierto para piano y orquesta en Mi bemol No.27 K 595, el último –Mozart lo insertó en su catálogo personal el 5 de enero y lo estrenó el 4 de marzo de 1791– y más gentil de los conciertos para piano de Mozart. El solista fue una leyenda: Alfred Brendel, quien lo interpretó impecablemente, haciéndome pensar, como dijera un comentarista, que los conciertos para piano eran óperas en las que Mozart era el solista. Esto es especialmente cierto durante los movimientos lentos que son muy operáticos en su significado, aunque no necesariamente en su estructura. Me llamó la atención que flauta y oboes se colocasen delante de las cuerdas junto al piano, como para dejarles conversar íntima y bellamente durante el segundo movimiento.

El último número del concierto fue la Sinfonía en Re mayor, No.38 K 504 “Praga”. Mozart la terminó el 6 de diciembre de 1786 y la interpretó en Praga el 27 de enero de 1787. Dada su particular estructura, sólo tres movimientos, también se le conoce como “la sinfonía sin minueto”. La obra no es fácil de interpretar bien, pero Rattle y sus Berliner lo hicieron como si fuera la cosa mas sencilla del mundo. 

Un concierto como éste en el cumpleaños de Mozart me hizo vivir un momento casi místico.

Salzburgo - Grosses Festpielhaus. Agosto 29

Simon Rattle


Se ha escrito mucho sobre el significado de las tonalidades, los “affekts”, en la música barroca, especialmente en la ópera. En lo personal estoy convencido que las tonalidades tenían mucho significado para Mozart. Por ejemplo, todas las arias y todos los dúos de seducción de sus óperas están en La mayor; re menor lo asocia con tragedia generalizada, siendo ejemplos claros el aria de Elettra “Tutte nel cor vi sento” en Idomeneo y el Finale y la muerte del Comendador en Don Giovanni. Mozart usa sol menor en casos de dolor profundo e íntimo, como las arias “Ach ich fühl’s” de Pamina, “Traurigkeit” de Konstanze, y “Nel seno mi palpita” de Aspasia en Mitridate, rè di Ponto

Rattle fue muy preciso al dejarnos oír las síncopas del primer movimiento y en el manejo de los frecuentes pasajes unísonos de la Sinfonía en sol menor No.25 K183, “la pequeña sol menor”. Mozart compuso esta sinfonía en enero de 1773, ciertamente antes de la cúspide del movimiento Sturm und Drang, pero es imposible no percibir un sentido proto–romántico en ella. El que Sir Neville Marriner escogiera el allegro con brio inicial para la escena del intento de suicidio de Salieri en Amadeus, es una muestra de lo que las ideas de esta música abstracta pueden significar en un mundo concreto como en el que vivimos.  


Frank Peter y Tabea Zimmermann


Tocó el turno de otra de las obras que “necesitaba” oír este año, la Sinfonía concertante para violín y viola en Mi bemol mayor K364, compuesta a mediados de 1779. La orquesta que las acompaña consiste solamente en cuerdas, pares de oboes y cornos y un fagot, esto hace que violín y viola logren un diálogo que puede percibirse luminoso. Los hermanos Frank Peter al violín, y Tabea Zimmermann a la viola hicieron de ella un poema, a lo que colaboraron fielmente los Berliner que los acompañaron. 

El último número de la sesión fue una interpretación formidable de la Sinfonía en sol menor No.40 K550. Se usó, por fortuna la versión con clarinetes. Mozart la compuso en julio de 1778, poco más de 15 años después de la “pequeña”. Debussy escribió que la novena sinfonía de Beethoven “ha estado rodeada de una neblina de adjetivos. Junto con la sonrisa de la Mona Lisa –que por alguna razón extraña ha sido siempre etiquetada como ‘misteriosa’– es la obra maestra de la que se han hecho los comentarios más estúpidos. Es una maravilla que no se haya sumergido totalmente bajo la masa de palabras que ha suscitado”. Esto puede aplicarse en una escala más modesta a las dos sinfonías en sol menor de Mozart, por lo que termino antes de agregar más estupideces al respecto. 



© Luis Gutiérrez

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