jueves, 14 de diciembre de 2017

Reminiscencias del 2006 1


En 2006 se celebró el aniversario 250 de uno de los seres humanos que más han marcado mi vida, Wolfgang Amadeus Mozart.

Esta efeméride fue la causa de una celebración mundial de la obra del genio de Salzburgo, en la que se interpretaron todas y cada uno de sus obras, al menos una vez en alguna parte del planeta. 

Ese año fue uno de los más hermosos y demandantes física y mentalmente, de mi vida, pues tuve la oportunidad de acercarme a la obra de Mozart como jamás lo había hecho y como jamás podré volver a hacerlo. 

Me propuse escribir una especie de bitácora de viaje con mis impresiones de cada función a la que asistí tanto en Salzburgo como en Nueva York, Múnich y la ciudad de México. La mayor parte de ellos las publiqué en un grupo de internet de adicionados a la ópera denominado WM-L, abreviación de Woolly Mammoths List. Hoy puedo publicarla en español en mi blog Opera y otras elucubraciones, previa traducción y corrección, para así guardar aquellos apuntes. Entretanto esté en abstinencia de espectáculos dignos de reseñarse, o de especulaciones que puedan ser interesantes, les compartiré lo que escribí en esa bitácora, aunque el orden de las crónicas no será, necesariamente, temporal o temático. Espero que les agrade esta aventura.

Enero 2016 en Nueva York

Las dos misas incompletas. Enero 22

El primer programa de mi año Mozart consistió en las dos misas incompletas que Mozart compuso después de abandonar la corte de Salzburgo. Me refiero a la Missa en do menor y al Requiem. La única obra sacra completa que Mozart compuso en los últimos diez años de su vida fue el breve motete Ave Verum Corpus K.618. El concierto tuvo lugar en el cavernoso Avery Fisher Hall.

John Eliot Gardiner dirigió a la Orchestre Révolutionnaire et Romantique y al Monteverdi Choir, ambos grupos formados por él mismo. Los solistas en ambas obras fueron miembros del coro, escogidos cuidadosamente para transmitir lo que, en opinión de Gardiner, Mozart intentaba comunicar en las dos obras. El Monteverdi Choir tuvo una actuación notable en la que destacó una pronunciación perfecta de cada palabra, algo que hoy día es extraño oír, aún por solistas famosos.

Orchestre Révolutionnaire et Romantique y Monteverdi Choir


Mozart y Constanze, con quien se había casado el 4 de agosto de 1782 –lo que desagradó a Leopold Mozart– viajaron a Salzburgo en el verano del año siguiente para mejorar las relaciones padre–hijo–nuera, sin mucho éxito por cierto. Mozart llevaba consigo los fragmentos de la Missa en do menor K 427 (417a) que se interpretó el 23 de octubre de 1783 en la capilla del monasterio de San Pedro en Salzburgo. Al día siguiente Wolfgang y Constanze regresaron a Viena. Mozart no volvería nunca. No se sabe con certeza las razones por las que Mozart compuso este torso, que emplearía posteriormente en el oratorio Davidde Penitente K 469. Lo que es cierto, es que Mozart la compuso en un periodo en el que estaba muy influenciado por las obras de Johann Sebatian Bach y George Friedrich Händel, a las que se había acercado a instancias de su amigo y patrocinador, el Baron Gottfried van Swieten. Hoy oímos la versión completada por Alois Schmitt, considerada la “estándar”.



Abadía bendictina de San Pedro en Salzburgo

Es muy probable, de acuerdo a la hipótesis de Jane Glover, que Mozart compusiera la Missa para hacer lucir el brillo de la voz de Constanze, quien cantó el papel de la soprano I. El dramatismo del “Christe eleison” del Kyrie y la coloratura del aria italiana que es el “Et incarnatus” del Credo, son una prueba de sus habilidades musicales. La soprano del concierto de hoy, Katharine Fuge, lo hizo con perfección y mucha pasión operística, como también lo hizo la contralto Miriam Allan al cantar su segmento principal, el “Laudamus te” del Gloria. El coro estuvo espectacular cuando cantó la fuga final del Gloria, el célebre “Cum sancto spiritu”.

El Requiem en re menor K 626 es una maravilla de la música litúrgica. Es muy diferente del que compuso Verdi posteriormente. En mi opinión, la música del Requiem del Oso de Busseto tiene un tono casi apocalíptico, en tanto que el de Mozart deja ver un sentido de llegar a términos finales consigo mismo. Una razón de esta diferencia puede ser la religiosidad de Mozart, muy probablemente inexistente en Verdi.

Manuscrito original del Dies irae

El bajo Matthew Brook y el trombonista Adam Woolf nos ofrecieron un espectacular “Tuba mirum”. Elin Manahan Thomas y Claudia Huckle, soprano y contralto respectivamente brillaron en sus partes. La voz blanca de Manahan Thomas pareció la de un niño por su transparencia, en mi opinión muy adecuada para sus intervenciones en el Introito y en el “Recordare” de la Secuencia. Al llegar a los primeros compases del “Lacrimosa” me sentí como si enfrentara la verdad universal. Al igual que en la Missa, la orquesta y el coro, y Gardiner, estuvieron fabulosos. Por supuesto oímos la versión que completó Franz Süssmayr.

Este concierto de música sacra fue un formidable inicio de mi año Mozart.


Las últimas tres sinfonías. Enero 23

Aunque he oído muchas veces las últimas tres sinfonías de Mozart, ésta fue la primera vez que las oí juntas en vivo.

Estas sinfonías fueron el programa del segundo concierto del año Mozart de la Orchestre Révolutionnaire et Romantique bajo la dirección de John Eliot Gardiner. Por fortuna se llevó a cabo en un auditorio con mucho mejor acústica que la del Avery Fisher Hall, como la del íntimo Alice Tully Hall.

John Eliot Gardiner 

Si ayer pude discriminar cada palabra cantada por el Monteverdi Choir, hoy pude oír claramente cada frase musical y, en ciertos momentos, cada nota emitida por esta formidable orquesta a la que Gardiner dirigió con tempi ciertamente más rápidos que los acostumbrados, pero sin apresurar nunca la música.

La forma en que Gardiner y orquesta interpretaron el tercer movimiento, Menuetto – Trio, de la sinfonía en Mi bemol mayor No.39 K 543 me recordó, y convenció, de que Mozart, como Haydn lo hizo también, bebió en muchas ocasiones de la fuente de la música folclórica, especialmente de sus danzas.  

Creo que la forma en que director y orquesta tocaron la sinfonía en sol menor, No.40 K 550 fue ejemplar. Como sabemos, la sinfonía inicia sin la típica fanfarria de las óperas italianas del siglo XVIII, que llama la atención del público. Empieza, en cambio, como un río musical que fluye sin obstáculos hasta su conclusión. Entiendo el porqué esta fue la sinfonía de Mozart que impresionó tanto a los músicos durante el Romanticismo, como lo mostrara Berlioz al reseñar su interpretación en un concierto años después. Es una pieza que me hace pensar en lo que hubiera sucedido con la música si Mozart hubiera llegado a los 57 años, edad a la que murió Beethoven. ¿Qué clase de música hubiera compuesto Beethoven si Mozart hubiese compuesto más obras? No tengo idea, pero puedo apostar a que habría sido diferente.

Muchas veces se ha afirmado, sin bases concretas, que las tres últimas sinfonías nunca se escucharon en vida de Mozart. Yo lo dudo francamente, especialmente en lo referente a la No.40. Mozart modificó esta obra, agregando clarinetes, para un posible concierto en 1790 en Frankfurt, cuando perseguía con abyección algo de atención durante la coronación de Leopoldo II como Emperador del Sacro Imperio Romano. ¿Se llevó a cabo el concierto?, ¿la modificó pues así lo pensó después de haberla oído? No sabemos.

Como sabemos, la sinfonía en Do mayor, No.41 K 551 es conocida como “Júpiter” por la forma divinamente majestuosa con la que Mozart teje un intrincado contrapunto de seis temas en el último movimiento, Molto allegro.

No sé por qué razón los músicos interpretaron esta sinfonía, sólo ésta, de pie. Me hubiera encantado habérselo preguntado a Gardiner.

La propina que nos ofrecieron Gardiner y la orquesta fue toda una sorpresa, pues se trató de una obra interpretada muy de cuando en cuando. Se trató de una obra que Mozart compuso en Londres cuando tenía ocho años. Se trató de la sinfonía en Mi bemol mayor, No.1 K16. Lo llamativo fue que el tema principal del primer movimiento, que aparece en los cornos, regresa, también en los cornos, en el inicio del Finale de la sinfonía “Júpiter”. No fue, definitivamente, una propina estándar.

© Luis Gutiérrez


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